Ficha Corrida

21/08/2012

Aldo Moro e as Brigadas Vermelhas

Filed under: Aldo Moro,Brigadas Vermelhas,Itália,Leonardo Sciascia — Gilmar Crestani @ 8:48 am

 

Los terroristas amables

Por: José Andrés Rojo| 16 de agosto de 2012

La cita es larga, pero merece la pena: "Mucho se podría decir, por cierto, de la aureola de rigor y de verdad, así como de mortífera perfección e inaprensibilidad, que rodeaba y rodea a las Brigadas Rojas en el inconsciente colectivo y en esa parte del inconsciente colectivo que anida en las instituciones (la policía, la magistratura, el periodismo). Es un caso extremo lo ocurrido en un banco de cierta población del norte de Italia, a cuyas ventanillas se presenta un señor que, abriéndose la chaqueta y mostrando una pistola discreta y desganadamente, intima al cajero, diciendo que lo envían las Brigadas Rojas, a que lo conduzca al despacho del director, a quien exige, de nuevo en nombre de las Brigadas Rojas, ochenta millones de liras; se las dan, el hombre extiende un recibo, pide que lo acompañen a la puerta, ordena que no den la alarma ni denuncien el robo hasta la seis de la tarde (lo que se cumple rigurosamente) y desaparece; es un caso extremo, digo, y extremadamente gracioso, pero revelador de una mentalidad muy difundida". El texto forma parte de El caso Moro (Tusquets, traducción de Juan Manuel Salmerón), donde Leonardo Sciascia reconstruye el secuestro y posterior asesinato en 1978 del entonces presidente de la Democracia Cristiana por parte de las Brigadas Rojas. El episodio al que alude da cuenta de un inquietante fenómeno que desencadena el terror: esa aureola, a la que se refiere el escritor italiano –“de rigor y de verdad, así como de mortífera perfección e inaprensibilidad”–, que provoca en las sociedades afectadas una suerte de disponibilidad (no sé sabe bien si por miedo o por otra cosa) para favorecer sus desmanes. En aquel banco del norte de Italia todo fueron facilidades para el representante de la organización terrorista que realizó, con exquisitos modales, el asalto a mano armada. Mostró la pistola discretamente, preparó un recibo en cuanto le dieron la pasta, rogó que lo acompañaran a la salida. Da la impresión de que los empleados del banco actuaron como si colaboraran con una delegación de la Iglesia o con el inspector fiscal.

De acuerdo: no pudieron hacer otra cosa ante la amenaza de la pistola. ¿Pero después? ¿Por qué no accionaron la alarma, cómo pudieron esperar hasta las seis de la tarde para avisar a la policía? Es ahí donde interviene ese inconsciente colectivo que se pliega ante las exigencias de los grupos radicales, incapaz ya de tomar distancias, dócil a cualquier exigencia, llamada, petición u orden de los terroristas. Es lo que parece seguir ocurriendo con ETA en el País Vasco. Se han retirado los de las pistolas, pero gran parte de la sociedad sigue coreando sus consignas y rindiéndoles pleitesía como si fueran héroes. ¿Qué mecanismo opera para que siga faltando el coraje para enfrentarse a tanto años de horror, destrucción y fanatismo?

Aldo moro 2
El caso Moro
es un libro que aborda con extrema lucidez los lacerantes conflictos que desencadenan en una sociedad, y en su clase política, las exigencias de los terroristas. Los interrogantes que abre son muchos, pero el mayor de ellos seguramente tiene que ver con un dilema trágico. Ante la barbarie del horror, qué tiene prioridad: ¿la abstracción de valores indiscutibles, como la razón de Estado, o la necesidad de maniobrar en las aguas pantanosas de la realidad para salvar una vida? La respuesta de la Democracia Cristiana ante el secuestro de Aldo Moro fue la de no ceder ante la barbarie. Y Moro fue asesinado (en la imagen, el coche (en la imagen, el cuerpo sin vida del político en el coche en el que fue abandonado). Sciascia, refiriéndose a las reiteradas peticiones del político democristiano para que el Gobierno negociara con los terroristas y su partido apoyara ese camino, escribe: "Moro pensaba que el canje podía aceptarse con ‘realismo’, o sea, por esa capacidad que tiene lo real de hacer posibles y lícitas cosas que abstractamente no son ni posibles ni lícitas. Aquellas cosas, al menos, de las que depende una vida humana. Una vida humana frente a unos principios abstractos: ¿puede un cristiano dudar en la elección?".

En uno de los momentos finales de aquel terrible secuestro, Sciascia recuerda la conversación del terrorista que se puso en contacto con un amigo de la familia para señalarle dónde podían encontrar el cadáver de Moro. Vuelve a subrayar entonces los buenos modales de aquel miembro de las Brigadas Rojas. Se toma tiempo, se refiere con respeto a su víctima, es tremendamente considerado con el dolor de su interlocutor. Quizá esos buenos modales, o las supuestas buenas causas que dicen defender (la revolución, en el caso de los italianos; la independencia, en el de los vascos), son los que confunden a quienes, al final, se dejan llevar por la corriente y son incapaces ya de reconocer el horror. Sciascia, a propósito de aquella llamada, apunta un escalofriante comentario: "Quizá aquel joven terrorista siga pensando que se puede vivir de odio y contra la piedad; pero aquel día, en el cumplimiento de aquel deber, la piedad penetró en él como la traición en una fortaleza. Y espero que la arrase".

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